jueves, 18 de julio de 2013

NO SOY DE NADIE

Hace tiempo, en la ciudad donde vivia, hicieron un concurso de relatos cuyo tema era la frase "NO SOY DE NADIE".
Lo escribí, lo fotocopié, pero al final, no recuerdo por qué, nunca lo presenté...
Hoy, casualmente (fruto del tiempo libre de las vacaciones), lo encontré y pensé que quizas era el momento de publicarlo.

 CONTRA LA VIOLENCIA: NO SOY DE NADIE

 Percibo una intensa luz. Una luz que enturbia mi mirada e incluso mis sentidos. Intento abrir los ojos. Me cuesta adaptarme a la claridad. Voy entendiendo. Estoy tumbada en el suelo, boca arriba y me duele todo el cuerpo. Siento unas terribles ganas de llorar. Ha vuelto a suceder.
Mi hijo de once años me mira aterrorizado. Hoy es su cumpleaños. Las lágrimas le cubren el rostro y yo tengo una sensación de desaliento e impotencia. También miedo.
- ¿Dónde esta? – pregunto.
- Se ha ido – me contesta en un hilo de voz, entremezclando sollozos.
Intento incorporarme y miro a mi alrededor. Siento las temblorosas manos de mi hijo que se esfuerza en ayudarme.
Todo esta revuelto en mi entorno. Hay cosas esparcidas por todo el suelo. Todo es desorden. En la habitación, en mi vida, en mi cabeza…
Siento frío. Estoy temblando. Mi hijo me arropa con una manta y me ayuda a llegar hasta el sofá. Me acomoda. No me atrevo a mirarle a la cara. Respiro su sufrimiento y su miedo. Rompo a llorar. Durante unos minutos no puedo dejar de hacerlo. Siento la cálida mano de mi hijo que oprime la mía. Al fin, consigo respirar con normalidad.
- Tendrás tu fiesta de cumpleaños, hijo.
- No quiero ninguna fiesta – me dice.
- ¿Por qué? – pregunto sorprendida.
- ¿Qué celebraremos? ¿la próxima paliza?
Mi respiración se vuelve intranquila, de nuevo. ¿Qué esperabas? Pienso. Tu hijo no esta ciego, no es feliz. Y solo tú tienes la culpa.
- Lo siento – acierto a decir.
Mi hijo suelta mi mano y se incorpora en el sofá. Estático. Está pensando.
- Cuando sea mayor lo mataré – me dice.
Siento pánico. ¿Cómo puede un niño pensar eso?
- No… no lo harás. Cuando seas mayor serás feliz. – Digo dudando yo misma de lo que afirmo.
- Para eso tendrán que cambiar mucho las cosas, mamá.
- ¿Qué es lo que tiene que cambiar? – pregunto, pretendiendo no escuchar.
- Tienes que hacer algo. Yo no aguanto más. ¿Estás esperando que te mate? Hoy ha estado a punto.
Cierro los ojos e intento recordar. Solo me vienen a la mente gritos atropellados e insultos. Dolor, angustia, desprecio. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué he hecho yo? El timbre de la puerta desconcierta mis pensamientos. El corazón me palpita sin control.
- ¡No abras la puerta! – grito a mi hijo mientras le veo aproximarse hacia la entrada.
- Es la tía – me dice tras observar por la mirilla – la he llamado yo.
Siento vergüenza.
Mi hermana se aproxima a mí. Me besa en la frente.
- ¿Qué haces aquí? – pregunto mientras intento ahogar mi llanto humillado.
- Tu hijo me ha pedido ayuda. No sabía a quien acudir. Estaba atemorizado.
- No sé cómo ha ocurrido…
- Se acabó. Esto no sucederá nunca más. – dice mientras acaricia mi cara dolorida.
- Ven conmigo – me dice, sujetando mi brazo con suavidad y ayudando a levantarme.
Cruzamos el salón esquivando los restos del desastre. Me sitúa frente al espejo.
- Mírate – me dice retirando el pelo de mi cara, mientras yo, evito cumplir su deseo.
Coge mi barbilla con ternura y me obliga a ver el reflejo del espejo.
- ¿Te gusta lo que ves? – me pregunta con voz autoritaria.
No contesto. Solo intento volver a bajar la cabeza. Me siento frágil, horrible, descuidada, rota…
- Esta vez no te aconsejaré como en otras ocasiones. No seré dulce y blanda como otras veces. Él no cambiará. Te pedirá perdón, como siempre, y luego te golpeará hasta que un día no controle su mal genio y te mate. ¿Es eso lo que tú quieres? ¿Quieres morir?
- No lo sé. Quizás sea lo mejor para acabar con esta pesadilla.
- ¿Y tu hijo? ¿Has pensado alguna vez en él?
- Claro que sí. Solo pienso en él. Es lo único que tengo.
- No es verdad. Te tienes también a tí misma. Vales mucho, nunca lo olvides. No te mereces esto. Nadie lo merece.
Ahora vas a venir conmigo. Te curarán y te sentirás mejor. Después vamos a denunciarlo. Y no volverás a verlo nunca más. Tienes que enfrentarte a esto y no estas sola. Lo harás por tí y por tu hijo. Y empezarás una vida nueva. Sin golpes, sin insultos, sin ser la esclava de nadie.
Miro a mi hermana y a mi hijo a través del espejo. Siento sus miradas como un manto de alivio. No estoy sola. Puedo hacerlo. Cueste lo que cueste, nunca será peor que el infierno que estoy viviendo.
- Yo no soy de nadie – digo convencida de mis palabras.
La sonrisa satisfecha de mi hijo se me clava en el alma y siento su descanso. Respiro profundamente.
- No soy de nadie – repito. Y escapamos de la catástrofe hacia la batalla de recuperar la vida que nos pertenece.

7 comentarios:

Sake dijo...

Buen relato sobre el maltrato, se ve reflejada la angustia y la tragedia tremenda de ésa mujer y su hijo.
Al final parece que toma la decisión correcta, porque no hay otra posible, el maltratador siempre vuelve a maltratar.
Un Abrazo :( .

Esperanza dijo...

Gracias!
Me alegro que te haya gustado.
Un abrazo.

Alicia sánchez dijo...

Que tritreza!!! que angustia para una madre...

Esperanza dijo...

Gracias por pasar por aqui Alicia.
Besos.

Esperanza dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fran Rodríguez dijo...

Qué relato tan hermoso, Esperanza. Tendrías que haberlo presentado al concurso, está muy bien. Un abrazo.

Esperanza dijo...

Muchas gracias Fran, es un honor viniendo de ti.
Un abrazo.